Los siete pequeños placeres de la economía circular

Por: Didac Ferrer

Cuando era pequeño, hacia los años 80, veraneábamos en un pueblo perdido de la comarca de la Segarra. De los paseos por el campo con hermanos y amigos guardo un recuerdo muy nítido: las montañas de basura que vecinos y vecinas tiraban en una pila orillas del río Ondara -en aquella época no había contenedores- y allí encontrábamos de todo: alambres, plásticos, tambores de detergente, frascos de vidrio, latas y sprays (recuerdo que había muchos que aún hacían algo pssshiit, y del todo ignorantes, pulsábamos el botón enviando unas últimas moléculas destructoras de ozono). Una vez al año, quemaban la pila (cuando todavía ardían márgenes y rastrojos) y quedaba lo que quedaba.

No es que los habitantes del pueblo tuvieran ganas de vivir rodeados de basura. Simplemente, siempre lo habían hecho así, y nunca había habido ningún problema. Porque hasta los años sesenta, la economía era circular, y prácticamente todos los objetos y materiales aprovechaban para nuevos usos. Se hacían macetas con las latas y conservas con los tarros de cristal, se tiraban las cáscaras y huesos a los animales o se devolvían a la tierra y allí se descomponían.

Fue la aparición del consumismo y la venta masiva de productos fabricados que llenó los hogares de cosas que, al terminar su ciclo, ya no servían ni se aprovechaban, y así rompían la circularidad del modelo de vida y de las economías .

Hoy, si queremos ver los estragos de una economía lineal, no es necesario ir a visitar un centro de tratamiento de residuos. Basta dar un paseo por la orilla de un río después de una crecida, o en nuestras playas en invierno. Estos espacios medio fronterizos entre medio acuático y terrestre son un buen reflejo de lo que la naturaleza no puede absorber, y eso que sólo podemos ver una parte ínfima, la que flota. Por poner un ejemplo, un artículo reciente pronosticaba que en el año 2050, los océanos habrá más plástico que pescado, en peso. Me quedé horrorizado cuando lo leí.

Hoy, de economía circular se habla mucho, y es que la Unión Europea, por ejemplo, ha hecho un pilar de su estrategia de desarrollo. Hay cursos, congresos, TED s y estrategias. La realidad, como siempre, tiene un leve sabor a haber descubierto América. Y es que antes de utilizar el concepto economía circular, ha habido personas pioneras que han alertado, practicado, y enseñado todo esto, ya sea con etiqueta (autosuficiencia, sostenibilidad, ecología industrial, residuo cero, slow …) o sin (tus bisabuelos).

Pero no es por este camino que e quiero ir hoy con mis reflexiones, sino a un lugar mucho más sencillo y accesible. Lo que de verdad mueve el mundo es la búsqueda de la felicidad, y una parte importante es la atracción por las cosas bonitas y placenteras. Si ponemos énfasis en los placeres compatibles con un mundo sin residuos, las cosas podrían cambiar mucho. Dajadme, pues, que comparta con vosotros algo muy personal: son mis siete pequeños placeres de la economía circular.

Placer número 2. Diseñar con la naturaleza.

Ya que estábamos en la Segarra, os propongo abrir una almendra y tocar el interior de la cáscara con el dedo. Vaya, qué cosa más suave! Los diseños de la naturaleza siempre serán insuperables. Este envase orgánico que es la cáscara crece con el fruto y se adapta, es capaz de tener un tamaño variable según la época ha sido lluviosa o no, mantiene la almendra seca durante años y es en sí mismo una verdadera obra de arte. Como la piel de la manzana, del plátano o la vaina de una alubia, permite transportar su contenido y protegerlo. La naturaleza ha encontrado sus soluciones para hacer sus envases, cada uno tiene su lógica y lleva millones de años perfeccionándose. Este es el placer de la simplicidad y de la desmaterialización. No se trata de añadir capas y materiales, sino de aprovechar lo que ya viene envasado de forma natural, o usarlo como fuente de inspiración a la hora de integrar funciones en el diseño de los productos.

Placer número 2. Compartir y disfrutar sin necesidad de poseer.

Hace unos años que viajamos en familia con el sistema de intercambio de casas. Compartimos la casa con gente que no conocemos. Resulta una experiencia muy interesante, práctica y transformadora. Ponerte literalmente en la piel de otra familia es practicar de forma radical el valor del desapego y la confianza, aparte de que te permite conocer cómo se vive en otra realidad. Os lo recomiendo mucho. Hoy por hoy, su práctica suele suponer irse al extranjero, pero se podría hacer de forma local. Una familia de Mataró se va a vivir cuatro días en Sant Joan de les Abadeses, y viceversa. Why not? Y es que como los juguetes de los otros las casas de los demás siempre son mejores que las propias! No tener que poseer para poder disfrutar es un gran descanso de dolores de cabeza.

Placer numero 3. Dar vidas infinitas

Cuando sus hijos se hicieron grandes, unos buenos amigos nos regalaron una trona de juguete para nuestras hijas. Y nos dijeron que les hacía mucha ilusión que este objeto que había hecho tan feliz Irene, Inés y Pedro, ahora pasara a nuestras manos. Seguro que a todos os han dado ropa, juguetes u objetos que alguien ya no necesitaba. Y eso es muy chulo. Pero aún lo es más, para mí, encontrar a alguien a quien le puede hacer servicio un objeto, una pieza de ropa que nosotros ya no necesitamos, y que hemos cuidado como si fuera un tesoro. Es el placer de cuidar y de regalar. Los mercados de intercambio, la iniciativa Ropa amiga, o incluso el wallapop son maneras de buscar ese placer.

Placer número 4. Ser creativos y reimaginar el uso de los materiales

No sé si os pasa, pero yo me asombro con la creatividad de la gente que hace nuevas cosas con materiales viejos. Es lo que se llama Upcycling, y cuando está bien hecho para mí es insuperable. Por este motivo, cada año no me pierdo por nada del mundo el festival DrapArt, que se hace aquí en Barcelona y que os recomiendo mucho. Cuando veo las creaciones, me viene una especie de envidia sana (como es que no se me ha ocurrido a mí?), Y me estimula a hacer intentos al puro estilo del «Ja t’ho faràs».

Placer número 5. Hacer durar las cosas

Tengo una navaja que me regalaron cuando tenía 14 años. Hace 28 que me acompaña a excursiones, y viajes en momentos y lugares inolvidables. Es evidente que no tiene ningún valor económico, pero para mí tiene un valor sentimental. Y es este valor, el de cuidar y amar las cosas que nos gustan, el mejor antídoto contra la economía lineal. Evidentemente, hacer durar un móvil cuesta mucho más. Si llegas a dos años ya es todo un éxito. No es tu culpa: todo está pensado para que lo acabes odiando, porque va demasiado lento o ya no puedes poner aplicaciones … Hay que recuperar el placer de disfrutar de las cosas simples, de calidad, que van bien y que se pueden reparar y actualizar .

Placer número 6. Cocinar cosas buenas con los restos

La economía doméstica hoy tiene eso. Nunca es fácil planificar las cantidades, se nos llenan las neveras de «tupers» con restos y a menudo tenemos que improvisar el menú. A mí me encanta coger sobras, buscar la manera de combinarlas y hacer un plato inesperado para llevarlo al trabajo, para alimentar una visita que no esperabas. Aprovechar la comida, además de combatir el desperdicio de alimentos, puede convertirse en una acción creativa, no os pasa?

Placer número 7. Aprender del bosque

Dos días al año vacío el compostador, paso lo que me sale por el tamiz, y aprovecho la materia orgánica que hemos reciclado para nuestro huerto urbano. Este día estoy de fiesta: es mi Día mundial para celebrar la economía circular. Y sólo hago lo que ya funciona en la naturaleza, pero haciéndolo os confieso que me genera mucha felicidad. Millones de bichitos han trabajado para mí durante meses, y eso que simplemente sólo he dejado hacer lo que ya está previsto en la naturaleza. En economía circular, ésta es el verdadero maestro. Y la mejor aula es el bosque. A menudo, sentado en un tronco, observo como todo tiene un sentido, como todo lo que hay, todo lo que pasa, es espontáneo pero no es casual. Que si aquella rama crece para ir a buscar ese rayo de luz para aprovechar la energía del sol (la única que mueve la economía circular), que si aquellos setas han nacido cerca de la humedad que hace la sombra del encina … Y aquellas hormigas, que llevan aquellas semillas en al nido. Una lección interesante del bosque es que repite el ciclo siempre a la misma velocidad. Las estaciones vienen cuando vienen, y no cada vez más rápido. Cada año dura el mismo. La lentitud es clave para cerrar los ciclos de la naturaleza. No caben tres otoños y seis veranos dentro de un solo año.

Pero incluso eso somos capaces de alterar. Como indican los expertos en bosques, están cambiando estos ciclos. Salir de esta manera de vivir tan poco razonable, y entrar en un modelo más orgánico y conectado con la naturaleza no debería ser tan complicado. Entender que no hay que ir acelerados, y recuperar el control del tiempo, como ocurre en la naturaleza. Tenemos los maestros y los ejemplos.

Y tenemos suerte: por un lado, somos seres sociales, y nos hace felices compartir. El filósofo Jordi Pigem nos habla del homus reciprocans, aquel que busca la felicidad a través del intercambio. Por la otra, somos parte de la naturaleza, y nuestra genética nos lleva a disfrutar de la proximidad con ella: sin saberlo, todos tenemos biofilia, nos hace sentir bien estar cerca de un arroyo, en un campo muy verde o dentro de un bosque frondoso. Buena noticia, pues: estamos programados para disfrutar de los placeres sociales y naturales de la economía circular. Aparte de hacer estudios, políticas y leyes (muy importante), creo que si también dedicamos esfuerzos en dar importancia a los momentos de felicidad de la economía circular, podemos conseguir cambiar. Ya lo decía Dostoievski: la Belleza salvará el mundo. Y para ti, ¿cuáles son tus pequeños placeres de la economía circular? Te propongo compartirlos en #petitsplaerseconomiacircular